Abogado.Consultor en Planeamiento Estratégico y Diseño de Proyectos Sociales. Presidente del Centro Internacional de la Democracia CID.www.cid21.com.ar. Lima-Perú

domingo, 5 de septiembre de 2010

La fuerza social y espiritual de los Sindicatos.

LA FUERZA SOCIAL Y ESPIRITUAL DE LOS SINDICATOS.
Un sindicato no es un club para la tertulia o la banalidad, tampoco el cenáculo de advenedizos que por accidente o manipulación llegaron a ocupar un cargo ignorando la valía de su función. Un sindicato es una organización de lucha y como tal está en vanguardia y expectativa constante, así como, en vigilia y defensa permanente. La lucha sindical comprende acción y defensa, y nada más, cualquier organización sindical puede asumir estos roles de manera simultánea o independiente, pero al final debe siempre optar por alguna.
La única filosofía que debe dominar a los sindicatos son los derechos del trabajador y al decir derechos del trabajador, estamos mencionando a los derechos del hombre y al invocar a los derechos del hombre estamos refiriéndonos a la humanidad. Ergo, la lucha sindical es la lucha por el reconocimiento de la dignidad de los seres humanos.
Como éste es un compromiso noble exige también a sus partícipes cierta calidad moral y desprendimiento. Por esta razón, quedan desterrados los individuos oportunistas, los débiles de carácter, los mediocres, los indecisos; en la lucha se producirá una selección natural de los más aptos quedarán solo los líderes. Un aforismo Bíblico enseña: “Un ciego nunca guiará a otro ciego porque ambos caerán al pozo”.
En la ardua tarea de defensa de los derechos sindicales se produce un vínculo de hermandad entre los luchadores, no importan los apellidos ni el color de la piel o el lugar de nacimiento, solo simplemente son hermanos de la causa, comparten una tragedia, sufren un mismo dolor porque confían en la victoria.
Para la defensa y respeto de los derechos sindicales no se requiere dañar al adversario o perjudicar al inocente ajeno a las vicisitudes, basta nada más con denunciar la injusticia. La legitimidad de la causa se pervierte cuando se recurre a la violencia. Quien padece de la injusticia de uno no puede convertirse en verdugo de otro. La lucha sindical no es la lucha de unos contra otros sino la lucha contra la injusticia y contra aquellos que la representan.
Las únicas armas que tiene que emplear el luchador social son la Justicia y la Fe. Proclamar siempre la Justicia de la causa provocará la adhesión de propios y extraños, la fuerza se incrementará porque creará un lazo de solidaridad que se expandirá de manera incontenible, un sindicato con cien afiliados nominales tendrá miles de afiliados fuera de la nómina.
La Fe nos prueba nuestra capacidad de resistencia y nos mide el temple de nuestra voluntad, nos enseña un mismo lenguaje y nos señala una sola dirección. La duda aniquila la Fe, siembra la desconfianza y el desanimo, es por ello que debe combatirse tan pronto como aparezca, ser ciego o indiferente ante esta amenaza provocará lamentaciones.
La base de la grandeza de las organizaciones está en la nobleza de espíritu de los hombres y mujeres que la integran. Cualquier sindicalista debe recordar que los derechos que hoy goza fue el sacrificio de otros y que en el presente debe estar preparado y dispuesto a entregar como legado lo mejor de si para los que vienen mañana.
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